- 03/10/2026
- Posted by: Iglesia Dinamarquesa
- Categoría: Artículo del mes, Revista DK

Obispa Marianne Gaarden
La Creación es un regalo que Dios nos ha confiado. La antigua tradición de celebrar el culto de Acción de Gracias por la Cosecha nos recuerda que vivimos de algo que no hemos creado nosotros mismos, pero también que todos somos parte de la Creación. Y aquí reside un punto fundamental: no estamos fuera de ella, sino que somos parte también.
Muchas iglesias de todo el país están adornadas en estos días con verduras, frutas, cereales y flores, en una celebración tradicional sumamente antigua. Es la época de los cultos de Acción de Gracias por la Cosecha, en los que cantamos uno de los himnos de cosecha más queridos, «Aramos y sembramos», con su conocido estribillo: «Todos los buenos dones vienen de lo alto; por eso demos gracias a Dios, sí, alabemos a Dios por todo su amor.» El himno habla del campesino que trabaja la tierra y que, luego, debe confiar en la misericordia celestial. Depende del sol, de la lluvia y del calor en las cantidades adecuadas para que los cultivos del campo puedan crecer exitosamente y en abundancia. Esta es la perspectiva del agricultor y, en muchos lugares, se mantiene la tradición sólo en regiones rurales.
El otro día, vi a un niño de dos años cuyo rostro se iluminó con una enorme sonrisa. Luego dijo «Tator», mientras señalaba entusiasmado un John Deere que avanzaba en una caravana de tractores hacia Christiansborg. Al volante iba un agricultor que vive de la tierra y con la tierra de la que también vivimos todos los demás. Para los niños que crecen sobre el pavimento de Copenhague o de otras grandes ciudades, las palabras acerca de los dones que vienen del Cielo seguramente despiertan asociaciones muy diferentes. Los regalos se reciben para el cumpleaños y en Navidad. La comida que uno lleva a la boca proviene del supermercado cercano. Esta es la perspectiva del niño que vive en la ciudad. Pero ¿cómo se pueden unir estas dos perspectivas tan diferentes?
Precisamente durante estas semanas, las iglesias cristianas de todo el mundo celebran lo que se denomina el Tiempo de la Creación. El 1 de septiembre, la Iglesia Ortodoxa conmemora la Creación y el 4 de octubre la Iglesia Católica celebra a Francisco de Asís, quien supo reconocer la conexión entre la naturaleza, los animales y todo ser viviente de la Tierra. Entre estas dos fechas, se invita a las iglesias de distintos países y tradiciones cristianas a celebrar la Creación como un don de Dios y a reflexionar sobre nuestra responsabilidad común respecto al cuidado de la Tierra.
Quizás la antigua tradición de celebrar el culto de Acción de Gracias por la Cosecha, en el que la gratitud ocupa un lugar central, sea por esto más actual que nunca, tanto si uno vive en la ciudad como en el campo. La Creación es un regalo que se nos ha confiado. Se nos recuerda que vivimos de algo que nosotros mismos no hemos creado, pero también, que nosotros somos criaturas creadas en ella. Y aquí encontramos un punto importante: no estamos fuera de la Creación. Nosotros mismos somos parte de ella. Por eso, cuidar de la Creación también significa cuidar de la vida humana. El agricultor siempre ha dependido del clima, pero cuando las sequías, las inundaciones y los cambios en las condiciones de cultivo se vuelven más extremos, esta dependencia se hace más evidente que nunca. Y el cambio climático no hace más que intensificar esta experiencia. Debemos cuidar tanto a las personas que viven de la tierra como a la tierra de la que viven todas las personas. Nosotros mismos somos parte de esa Creación y todos compartimos la responsabilidad de cuidar de ella.
Cuando caminas por un bosque, un jardín o un parque, a lo largo de la playa o por un cementerio, y estás rodeado de naturaleza (árboles, flores, plantas, aves e insectos), es muy fácil contemplar la naturaleza desde afuera y olvidar que somos también parte de ella. Pero si se destruyen las condiciones que hacen posible la vida de la Creación, también se ven afectadas nuestras propias condiciones de vida. Por eso, cuidar el clima, los ambientes acuáticos, el suelo, las plantas y los animales, significa cuidar a las personas y a las generaciones que vendrán después de nosotros.
«Aramos y sembramos nuestra semilla en la tierra oscura, y luego le pedimos que nos ayude, a Aquel que habita en lo alto de los cielos», dice el himno. De la misma manera, debemos hacer lo que esté a nuestro alcance para asumir nuestra responsabilidad por la Creación y pedirle a Dios que nos ayude: «Por eso demos gracias a Dios.
Sí, alabemos a Dios por todo su amor», como hacemos cuando celebramos los cultos de acción de gracias por la cosecha.

